
La actuación de los arquitectos Javier y Miguel Ángel Redondo transforma uno de los accesos históricos más sensibles de Cuenca mediante una pasarela contemporánea que mejora la accesibilidad, crea nuevos espacios para contemplar el paisaje y establece un diálogo deliberadamente respetuoso con la muralla y el Arco de Bezudo. El proyecto ha sido reconocido en los III Premios de Arquitectura y Urbanismo de Castilla-La Mancha 2024/2025.
Cuenca. 25 de septiembre de 2026. Hay proyectos en los que la relación del arquitecto con el lugar precede muchos años al primer dibujo. Es el caso de la intervención en el entorno del Arco de Bezudo, en Cuenca, reconocida en los III Premios de Arquitectura y Urbanismo de Castilla-La Mancha 2024/2025, y de sus autores, los hermanos Javier y Miguel Ángel Redondo.
Para Javier y Miguel Angel, intervenir allí tenía una dimensión profesional, pero también profundamente personal. Son de Cuenca, mantienen su estudio y su residencia en la ciudad pese a desarrollar buena parte de su actividad profesional en Madrid, y conocen desde niños este enclave, al que se suma un vínculo familiar con terrenos próximos donde se crió y jugó su madre. El arquitecto lo resume de manera sencilla cuando habla de su relación con la ciudad. “Amamos profundamente nuestra ciudad”, reconoce abiertamente Javier Redondo.
Ese conocimiento del lugar está detrás de una intervención que busca tocar lo imprescindible. El proyecto resuelve la accesibilidad peatonal mediante una pasarela contemporánea paralela al puente existente, pero deliberadamente separada de la construcción histórica. No pretende confundirse con ella ni reproducirla, sino reconocerse como una arquitectura perteneciente a otro tiempo.
Javier utiliza una imagen especialmente gráfica para explicar el planteamiento. “Buscábamos ser respetuosos y, como si un cirujano con su bisturí fuese tocando lo mínimo posible, para sanar y preservar al mismo tiempo”, explica. La estructura se separa tanto del puente como de la muralla y se resuelve con dos únicos apoyos, sin ningún apoyo intermedio sobre el foso. Además, su construcción metálica permitiría retirarla en el futuro, preservando la reversibilidad de la actuación.
De lugar de paso a lugar para quedarse
Pero resolver la accesibilidad era solamente una parte del proyecto. Antes de diseñarlo, los arquitectos estudiaron durante mucho tiempo cómo se comportaban peatones, visitantes y vehículos en este punto de entrada al casco histórico. Observaron que era fundamentalmente un espacio de tránsito, donde el peatón tenía que avanzar rápidamente y donde los grupos de visitantes generaban retenciones sin disponer de un lugar en el que detenerse.
La respuesta fue convertir la pasarela también en un balcón hacia Cuenca. Los dos extremos se amplían para generar miradores y el propio recorrido invita a detenerse y contemplar las hoces y el paisaje. La arquitectura introduce así un nuevo uso sin restar protagonismo al patrimonio que la rodea.
Esa transformación se percibe hoy en el comportamiento cotidiano de quienes atraviesan el lugar. Redondo cuenta que, después de la inauguración, volvió varias veces simplemente para observar desde cierta distancia cómo reaccionaba la gente. Vio cómo los visitantes se detenían, se apoyaban sobre la pasarela, contemplaban la hoz y se fotografiaban en ella. “Para nosotros ese es el gran premio. Ver cómo algo pequeño, respetuoso, se convierte de repente casi en un hito donde la gente tiene que subir a verlo”, explica.
La elección de los materiales responde a la misma filosofía. El acero corten envejece adquiriendo tonalidades rojizas y anaranjadas que dialogan con los ocres de las murallas y las piedras del entorno, requiere un mantenimiento mínimo y permite identificar claramente la nueva intervención como una obra contemporánea.
Para Javier Redondo, esa distinción es esencial. “La arquitectura tiene que ser propia de la época en la que estás actuando. No debe ser una copia burda de tiempos pasados”, señala. La nueva pieza incorpora así un estrato más a la historia del lugar sin intentar hacerse pasar por parte de ella.
El vidrio introduce, por su parte, ligereza y transparencia hacia la hoz. También permite que la intervención adquiera una segunda presencia al caer la noche. La iluminación integrada bajo los paños acristalados convierte la pasarela en una línea de luz visible desde el paisaje y establece una conexión visual entre el entorno del castillo y la muralla.
La actuación adquiere así dos lecturas. Durante el día, el acero corten, el vidrio y la geometría contemporánea se recortan con claridad frente a la piedra histórica. Por la noche, la pasarela prácticamente se desmaterializa y la iluminación dibuja una nueva línea sobre el paisaje.
Historia, cultura y futuro
Esa convivencia entre épocas es, precisamente, lo que Javier Redondo considera más representativo del proyecto y también de la propia identidad de Cuenca. El arquitecto recuerda la influencia que tuvo en su formación la convivencia cotidiana con el arte contemporáneo en una ciudad histórica y la importancia que el Museo de Arte Abstracto Español y la tradición artística conquense han tenido en esa manera de entenderla.
Por eso define el resultado como el encuentro entre el origen y la historia de la ciudad, representados por el Arco de Bezudo y la muralla, y “un elemento contemporáneo, metálico y, en cierta manera, escultórico”. Para Redondo, esa convivencia representa lo que es Cuenca, “historia, cultura y futuro”.
El arquitecto reivindica además que esa relación con la contemporaneidad continúe formando parte de la identidad de la ciudad. “No nos podemos limitar a imitar épocas pasadas y la arquitectura tiene que ser el reflejo de lo que tiene que ser también la sociedad”, sostiene. En una ciudad estrechamente ligada al turismo, la cultura y el arte, considera que la arquitectura debe seguir expresando esa condición.
Y quizá ahí esté también la dimensión más personal del proyecto. Redondo define Cuenca como “una de las grandes desconocidas de España”, una ciudad cuyo casco histórico parece avanzar entre las rocas y la naturaleza ganando espacio mediante la arquitectura, como históricamente hicieron las Casas Colgadas o los rascacielos de San Martín. “Eso es un poco Cuenca, esa mezcla entre arquitectura comedida, naturaleza y cultura”, concluye.
Una relación entre paisaje, patrimonio y arquitectura contemporánea que la intervención junto al Arco de Bezudo vuelve a hacer visible, esta vez desde una pieza mínima concebida no solo para atravesar uno de los lugares más singulares de Cuenca, sino también para detenerse y volver a mirarlo.











